Parte de un diario que escribo

 



Desde cuando las estrellas hacen nudos y se enredan entre las sombras de la noche que desemboca en una tibia marea que es tajante a la orilla
Cuando una almohada ha mecido sueños sin compromiso alguno y a la vez despierta ligera con ganas de hacerlos realidad.
Porque la mujer del espejo en vez hace malabares con el tiempo, mejor no baila con ella hasta que salga el sol y ver el amanecer juntas.
La verdad que mis manos tiene líneas de expresión y me encanta, así sé que estoy viva, que siento, que me muevo, que me duele, que disfruto, que vivo, otra vez...

Que tuve que agarrarme sino me caía y aún cuando me caí en algún momento, mis brazos empujaron fuerte hacia el cielo para levantarme a veces no sé ni cómo.

Desde cuando un CV define tu valía sin que haya una mínima muestra de feedback o de humanidad entre ambos. Tan frío y tan fina la empatía, como esa hoja blanca que sabemos que acabará arrugada en una papelera.

Dame mejor un neceser de ambiciones infinito que agazape toda mi mano, aprovecha que estoy a punto de dormir y dame todo, porque lo merezco así. ¿A quién se lo pido a un Dios, al universo? no sé.
Tú, Sevilla tan especial como ninguna traes la nostalgia de algo mejor a mi cabeza, como ese camarero me trae el café con leche.

Desde cuando los anillos adornan los esfuerzos de una obra de arte andante, por soy arte de alguna manera. Supongo o quiero creer.

Sevilla si, porque hoy duermo aquí por trabajo y porque la luna llena ha sido testigo de esto hoy.


Escrito por Marisa A.


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